26 de abril de 2010

La desconfianza no te la impones tú.

-Ya, si eso ya lo sé. Me refiero a qué es mi amiga y aunque seamos completamente diferentes me tendría que contar sus problemas y no lo hace. Es demasiado...
-Es reservada.
-Sí, supongo que será eso. Aunque espués se queja de qué no tiene ayuda. A ver, ¿cómo quiere tener ayuda si nunca sabemos qué le pasa?
-Intenta no preocupar a nadie.
-Va, está bien, a lo mejor es eso también. Pero nos preocupamos igual, porque muchas veces sabemos que le pasa algo y no nos lo quere contar, eso tampoco es así...
-Se ha amodado a la vida, y la vida la ha vuelto desconfiada. Ten paciencia, puede que, poco a poco, si le vas insistiendo acabe contándotelo todo, pero no te va a ser fácil.
-Tampoco soy nadie para insistirle, al final acabará harta de mí y tampoco quiero eso.
-No, verás como no acabará harta de ti. Se dará cuanta de que te preocupa de verdad y terminará por contarte todo lo que le pasa.
-Bien, te haré caso. De todos modos...¿cómo sabes tú todo eso?
-Porque, en ese aspecto, somos completamente iguales.

1 comentario:

La chica de las cien mil caras dijo...

Y si no, un abrazo, que tampoco vienen mal nunca